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Los N.N. de los Campos No santos

Se terminaba la época más nefasta de represión corolada de crímenes de Lesa Humanidad, en la que el terror ejercido por el gobierno de facto, narcotizaba las conciencias. El proceso denominado de reorganización nacional, instauró bajo el lema de aniquilar el terrorismo subversivo iniciando una de las etapas más tristes y oscuras del país.

Se eclipsaba, como todas las atroces dictaduras que azotaron a la humanidad a lo largo del derrotero de genocidios históricos, derrotada por sus propios errores, desmadrada de la verdad y la justicia. Pero aún así llegaron con la soberbia intacta, amparados por la obsecuencia del miedo que generó uno de los mas herméticos tabú que selló las voces de muchos. Pero ya las circunstancias no eran las mismas como en aquella ocasión cuando arribaron a Casilda en tres camiones abarrotados de soldados, que se apostaron mimetizados cuerpo a tierra a lo largo de la vereda este del Bv. 9 de Julio entre F.L. Beltrán e H. Irigoyen, para arrestar a tres estudiantes.

Vinieron esta vez provistos del arsenal que todavía les otorgaba su poder, topando los alambrados, arrasando los campos para exhumar los cuerpos de las jóvenes víctimas ultimadas no mucho tiempo atrás.

El jefe del pelotón señalaba con certeza de radiestesista el lugar exacto donde tenía que accionar la pala mecánica, y fue así que tras esa macabra tarea fueron apareciendo los paquetes funerarios envueltos en bolsas plásticas, presentando todos el mismo sello de ejecución. Amparados en la oscura clandestinidad fueron “limpiando” los campos de la “Cañada Candelaria”, el que costala el camino del espinillo del Carcarañá, y el aledaño al cementerio San Salvador.

Pero para ellos que se consideraban los dueños del destino del pueblo, ese final era como el revenar de las hierbas malas que una vez tronchadas, sus raíces van adquiriendo renovados bríos perjeniando nuevas estrategias para subsistir y seguir imperando.

En el día de los Derechos Humanos, el 10 de diciembre 2007, en el rescate de nuestra Memoria.

Evaristo Aguirre