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Cuando se endiosó al sapo

Ceramico Preincaico-Mochica. Sapo adornado con plantas de maíz y granos pintos, elementos de la fórmula brujeril de la Ccara. (Museo Tello). Copia de una pintura en arena de los navajos de Arizona, muestra las hembras de ranas blancas y amarillas que señalan el norte y el sur así como los machos de ranas negras y azul que marcan el este y el oeste.

 

La gran sequía que asolaba la región patagónica de Cushamen era previsible después de una larga temporada invernal muy lluviosa. Esta situación sumía a la comunidad Mapuche en un estado de preocupación, sustentado en los pronósticos de la Machi Doña Rosa Prafil, la anciana cultrunera aseveraba que: “esto va pa`largo”.

La superficie de la tierra se presentaba en las zonas de cañadas cuartiada como una piel extremadamente apergaminada.

Las anguilas subyacían en la ínfima humedad de las profundidades, al igual que los batracios quienes ahondaron sus cuevas buscando la frescura y en el oscuro ostracismo se armaron de paciencia esperando la bendición del cielo. Sin embargo ésta se hacía rogar, los nubarrones amagaban, pero no lograban compactarse, anochecía con el cielo que parecía que se desgarraba en truenos y relámpagos, pero la luna con sus astas hacia arriba decía que no. En la insoportable resolana de la siesta, las deidades maléficas danzaban en los remolinos del viento que elevaban a gran altura el polvaderal. Así se iban sucediendo aquellos cada vez más calurosos días de aquel incipiente verano. El cacique después de una entrevista con doña Rosa, tomó la decisión de adelantar el camaruco previsto para fin de año y rogar a Guenechen para cortar la sequía e impedir que se perjudiquen los sembrados y la producción lanar.

Una vez efectuada la convocatoria comenzaron a llegar a Cushamen, la paisanada procedente de los rancheríos vecinos, en sus montados y carros trayendo sus enseres, alimentos, además de los instrumentos musicales y de las cañas con los banderines que representan a la lluvia, sol, o al buen tiempo.
La reunión tendría una duración de tres días, el Rehue (altar) fue armado con orientación hacia el naciente, formado por un círculo de cañas con banderas blancas, amarillas, azules, la bandera Argentina y dos ramas del maitén árbol sagrado. Los participantes se fueron ubicando hacia el poniente, reuniéndose con sus caballos en forma circular.

Antes de comenzar el ritual un caballo blanco perteneciente a uno de los pihuichenes, (que son los representantes de las comunidades) fue pintado en el anca con rayas azules, a la vez que con el mismo color se le hicieron marca en las mejillas y frente del jinete, a otro caballo pero de pelaje negro se le pintaron rayas blancas, coloreándose igualmente al joven que lo montaba. Los lomos y las ancas de los caballos fueron rociadas con chicha, de modo que por medio del animal la tierra reciba los dones con la esperanza de que estos sean retribuidos.

Los animales ausentes son representados a través de bailes pantonímicos que imitan al toro, el ñandú, guanaco, o el tigre.

La apertura de la ceremonia estuvo a cargo del oficiador llamado Nguenpin encargado de las oraciones y de los discursos.

Los Pihuichenes partieron llevando en anca del animal una doncella, enarbolando banderas comenzaron a correr a toda velocidad alrededor de la rueda de los concurrentes, el círculo es doble, las mujeres se ubican en la parte interior y de a pie.

Una vez efectuada las vueltas acompañándose con gritos, los jinetes desmontaron y comenzaron a correr, esta vez de a pie, mientras las mujeres con acentos monótonos entonaban sus rogativas, con la dirección de la anciana Machi Cultrunera.

La ceremonia fue adquiriendo brillo con la actuación de los músicos que acompañaban al coro femenino, con trutruca y pifilca. Ellas comenzaron a avanzar siempre cantando, colocándose en hileras o escuadras de a cuatro. Tomadas del brazo desplazándose con un paso corto y otro largo, marcando con un vaivén cadencioso acompañándose al mismo tiempo con empujones suaves, en un movimiento orientado de izquierda a derecha. Las más ancianas son las encargadas de los cánticos llamados Taiël, en los cuales se repiten varias veces una misma estrofa en el ruego a la divinidad, el canto es continuo no se acalla en ningún momento, siempre surge un reemplazante y así hasta el final, lo mismo ocurre con el baile como para no romper el hechizo de lo propiciatorio.

Mientras tanto fueron quedando desparramados por el campo algunos participantes agotados, en un aparte otra mujeres preparaban la comida.

Al llegar la última noche se volvieron a encender los fogones, haciéndose presente nuevamente otro elemento simbólico, el fuego, iluminando el sagrado Rehue.

Sin que nadie lo perciba la anciana Machi, Doña Rosa, se retiró a su ruca y procedió, inmediatamente, a colgar de las patas a un sapo macho que ella tenía en cautiverio. Al rato el batracio comenzó a croar desesperadamente, paulatinamente comenzaron a croar a lo lejos otros, el griterio fue creciendo, en un momento dado parecía un concierto infernal que se expandía por toda la región, como respuestas comenzaron a caer gruesas gotas desatándose, de inmediato, una intensa lluvia que duró todo el día siguiente amainando al atardecer.

Las hondonadas se convirtieron en lagunas escenario natural de un orgiástico coro de batracios, nunca antes visto.

Las ranas y los sapos ejemplares de la misma familia sin cola, comparten gran parte del simbolismo tradicional vinculados con las etapas embrionarias de la vida, la fertilidad y los acuosos procesos del nacimiento y la lluvia. Ambos son animales lunares simbolismo que relaciona sus radicales cambios de forma de renacuajo a ejemplar adulto con las fases de la luna.

 

Evaristo Aguirre