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El Cazador Solitario

El cazador permanecía sentado al calor del fuego, resguardado del viento sur por el biombo de cuero.

Iluminado desde abajo por la luz rojiza y oscilante de las llamas, su rostro presentaba por momentos una expresión dura, casi feroz subrayada por los dos lustrosos botones de madera, que llevaba insertos en las aletas nasales como signo de jerarquía y de edad avanzada.

Sostenía con la mano derecha una jabalina que había pulido y afilado uno de sus extremos, el cual lo calentaba con el fin de conferirle la dureza adecuada. Alineadas a su lado lucían varias armas, entre los cuales descollaban algunos dardos con puntas de hueso, y muy pocos con punta de pedernal y corto astil de madera, una hermosa hestólica (bastón de lanza-dardos) cuyo apoyo propulsor lo formaba la uña de un puma, que el anciano y solitario, cazador - recolector, había matado en su juventud.

Había también piedras boleadoras, un puñal de huesos; juntos a varios punzones y, herramientas del mismo material.

El silencio de la noche sólo era roto por el murmullo del entrechocar rítmico de las aguas del Río Carcarañá con las petrificaciones del lecho.

De manera imprevista, el cazador al efectuar un movimiento con la jabalina que sostenía sobre las llamas, golpeó uno de los cántaros, que se fracturó en varios pedazos, desparramando sobre el suelo su contenido. El hombre se levantó entonces con un gruñido de desagrado, recogió las semillas a puñado, lo depositó en otra de las vasijas, miró con detenimiento el cántaro roto, murmuró algo, y finalmente permaneció parado frente al fuego con expresión absorta.

Era un hombre de estatura baja, de contextura delgado pero de musculatura recia y fibrosa como el garrón de un ñandú, que aún a pesar de su edad avanzada irradiaba una poderosa energía, de piel morena curtida por el sol y el viento, mimetizada por el agreste paisaje pampeano.

La luz vacilante del fuego, destacaba el pendiente de piedra grabada con signos mágicos, ordenadores de las fuerzas de la naturaleza que llevaba colgado sobre el pecho.

Al rayar el alba el solitario nómade, realizó los ritos mágicos necesarios para obtener buena caza, dibujó con tizón, sobre unos de los cueros del biombo, varias siluetas de venados y avestruces, requisito indispensable para iniciar la cacería; ubicó sus pertenencias en un bolso de red y se dirigió con rumbo al naciente; perdiéndose en el pastizal.

En el refugio sobre la margen derecha del Carcarañá donde comienza el “Espinillo” quedaron desparramados los trozos del cántaro roto, restos de semillas, varias lascas de pedernal, fragmentos de huesos de guanaco, las cenizas del fogón de la noche anterior con restos de cáscara de huevo de ñandú.

Pasaron los milenios pero seguramente esos restos todavía no han sido hallados por los arqueólogos.

Evaristo Aguirre