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El gaucho Antonio Rivero, un héroe soslayado

Después de la Revolución de mayo, nuestro país, heredero legal del patrimonio español, toma posesión de las Islas Malvinas que le pertenecen, también por estar situadas sobre su propia plataforma continental. Nombra sus gobernadores, lleva contingentes de nuevos pobladores, fomenta la agricultura, reparte la tierra y realiza una obra de progreso que culmina con el infatigable gobernador Luis Vernet, verdadero pionero del archipiélago.

Luego sobrevendrán horas difíciles. La goleta inglesa “Clio”, verdadero acorazado de su tiempo, se adueña de Puerto Soledad. Es cierto que estaba allí la goleta argentina “Sarandi”. Pero cuando su comandante quiso luchar, se encontró casi sólo. Buena parte de la marinería y la oficialidad de su nave ¡era inglesa!. El comandante José María Pinedo al preguntar al invasor si se estaba en guerra con Gran Bretaña, se le comunicó que “hubo un arreglo de las cancillerías”, Pinedo, ante la tremenda superioridad, embarcó sus fuerzas en la goleta y zarpó. En las islas quedaron entre los pocos pobladores, Antonio Rivero y sus ochos hombres decepcionados con su inmensa amargura.

Comenzaron las reformas. Se implantó la moneda británica. Se adoptaron medidas administrativas acorde con las leyes del imperio.

Once días después de efectuado el desalojo, el capitán Onslow abandonó el puerto de Nuestra Sra. de la Soledad permaneciendo en tierra 31 hombres, aparte de la mujeres y niños. De entre ellos, 14 eran argentinos y 17 extranjeros.

El 3 de marzo entró la nave Harriet en la que regresaba el escosés Mateo Brisbane. Este que había sido mayordomo de Vernet, actuaba ahora bajo las órdenes inglesas. A los pocos días fondió la goleta inglesa Beagle y su comandante el Capitán Fitz Roy, se dirigió a Brisbane pidiéndole que confirmarse aún francés Juan Simón como capataz de los peones, hacía el oficio de carnicero el irlandés William Dickson, los hombres de trabajo llevados por Vernet, y en particular los gauchos seguían recibiendo el pago de sus salarios unos valen por aquel, lo que no eran aceptados por Dickson, acargo de los almacenes. El malestar comenzó a manifestarse con la petición de cobrar los salarios con monedas de plata, al mismo tiempo que Brisbane y Simón pretendían incrementar el trabajo.

Totalmente en desacuerdo con el nuevo estado de cosas, los gauchos, aunque peor armados que los extranjeros, comandado por uno de ellos, llamado Antonio Rivero y sus seguidores, se lanzaron a tomar la casa de la Comandancia el 26 de Agosto de 1833. En la lucha murieron Juan Simón, Brisbane, un alemán, un español y Dickson. Este último también se encargaba de izar el pabellón inglés los domingos y de avistar buques ingleses. Dueño de la situación los sublevados, arriaron la bandera inglesa y volvieron a izar la argentina. La alarma se apoderó de los ingleses que huyeron, instalándose en una islita.

Por un lapso de 6 meses, ondió nuestra bandera nuevamente en el cielo malvinense. Allí comenzó la ignorada epopeya de esa legión fantasma compuesta por 5 gauchos y 3 indios Charrúas, encabezada por Antonio Rivero, José María Luna, Antonio Bracido, Manuel Gonzalez, Luciano Flores, Felipe Zalazar, Manuel Godoy y Mariano Latorre, y éste último (segundo de Rivero) fue muerto el 30 de Agosto en una escaramuza con sobrevivientes ingleses.

El 7 de Enero de 1834 llegó a Soledad el “Challenger” al mando del Capitán Seymour y la “Hoperful” con el teniente Rea. A bordo se encontraba también el teniente Henry Smith, constituído en comandante de la isla, quién tornó a izar la insignia británica organizó las partidas para capturar a los gauchos, alejados ante la llegada de aquel relevo, refugiándose en los cerros, lo rastreaban de día y por la noche se refugiaban en sus buques. Rivero era un fantasma, un guerrillero inhallable.

José María Luna decepcionado del silencio de Buenos Aires, se entregó a los ingleses, sin luchar, en Febrero de 1834, fue el que guió a los usurpadores y los condujo hasta el campamentos de los gauchos. Rivero logró escapar, pero dejó un media res sobre las brasas. Los ingleses incendiaron los ranchos y se retiraron, pero esa noche Rivero volvió, ordeñoó las vacas y se llevó los terneros “en cambio de la media res” dijo en irónica nota.

José Bracido, decepcionado también quiere entregarse, y es muerto por sus compañeros Zalazar. Juan Zalazar es apresado días después, con Godoy, Gonzalez y Flores.

Rivero no fue un bandido como se pretendió afirmar, fue un patriota, un revolucionario, al pasar los días se quedó solo. Profugo entre los riscos, desafiando al frío (para contrarrestar las bajas temperaturas por la noche dormía sobre cenizas calientes, el rescoldo de sus fogones le abrigaba y no permitía que lo sorprendiera el sueño eterno de la nieve), no podía continuar con su accionar enfrentado con una potencia, por su cuenta, finalmente el 18 del mismo mes, se entregó sin resistencia. Embarcado en “Beagle” juntos a sus compañeros fueron remitidos a Río de Janeiro. De allí fueron trasladados a Inglaterra, y retenidos en la tenebrosa prisión de la Isla de la Ramada, sobre la desembocadura del Támesis.

Para su fortuna un sacerdote anglicano, el Padre Matthews, descubrió su fina inteligencia, le enseñó astronomía. Rivero le habló de Argentina, de sus gauchos y del espíritu de la libertad.

Las actas labradas de las islas, con la declaración de los deponentes, se presentaron al almirantazgo, mas el tribunal británico no se atrevió a juzgarlo por no haber ocurrido los hechos en territorio de la corona.

Cuatro años más tarde el Almirantazgo lo dejó en libertad. La fragata “Talbót” lo puso en tierra cerca de Montevideo regresando a su Entre Ríos Natal, donde pasó a desempeñarse como capataz de estancia. Pero un día llegó la ruptura con Francia y Gran Bretaña. El General Mansilla preparaba la defensa del Río en la vuelta de Obligado, Antonio Rivero pidió su reincorporación, lucho como capitán y allí dejó su vida.

foto: Gentileza de La Escuela Provincial de Nivel Medio Nº 211, esta ubicada en la calle Virgen de Itatí S/n, del Barrio "Padre Kolbe”, en Paraná Provincia de Entre Ríos.

Autor: Evaristo Aguirre