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La Conversión del Dios

Se vivían aquellos pristinos días donde la armonía que imperaba en la naturaleza estaba regida por celosos dioses que imponiendo sus leyes superiores posibilitaban la convivencia y evolución de este mundo material protegiendo a sus seres de la nefasta acción de los oscuros dioses del mal que trataban de destruirlo.

Todo vibraba en un perfecto estado de equilibrio dentro del marco de la creación de la vida en su estado de plenitud hasta su fenecimiento. La feraz llanura estaba preñada de una exuberante vegetación que se extendía en las proximidades de los numerosos ríos y arroyos que la surcaban. Lo demás era un infinito pastizal, dotado de un benigno y agradable clima que constituía un ámbito paradisíaco, donde prosperaba la fauna mas diversa.

Cada una de las deidades del Bien tenía asignada una misión específica tal era el caso de Aña protector del Reino animal. Su etérea figura de bella y recia conformación solo era percibida por la visión de los animales, de tez cobriza profundos ojos avisores, nariz aguileña el labio inferior oradado por el tembetá(1), el rostro enmarcado por una larga y lacia melena sujetada por una vincha primorosamente bordada con coloridas plumas. Lucía un gran pectoral de plata, pulcera y tobilleras de caracoles.

Recorría incansablemente su territorio con la velocidad del viento arriando a sus manadas con su honda de piedra de rayo en busca de aguadas, pasturas y refugios, mientras que con la placa zumbadora(2) ahuyentaba a las entidades maléficas.

Todo giraba en sentido perfecto hasta el instante en que pareció que algo había trastocado ese orden el brillo del sol fue opacado por cortinas de polvo cósmico, el viento influía una mágica virulencia que exacervaba a las aves, inquietando al resto de los animales, las lagunas se fueron secando, la vegetación fue perdiendo verdor. Paulatinamente el paisaje se fue tornando árido.

En esa época fue cuando hicieron su irrupción diestros cazadores que habían arribado procedentes del norte, como arriados por ese nocivo viento tropical, navegando río abajo el Paraná y el Uruguay, fueron estos transhumántes de lejanas latitudes los que por primera vez vieron materializado al otrora dios pastor en un monte seco en la confluencia del Río Carcarañá y el Riachuelo Coronda, convertido en un carancho que los observaba con mirada inquisidora y graznando en forma estridente Car-cara, Car-cara, Car-cara…

 

•  (1) Adorno de madera.

•  (2) Instrumento musical.

 

 

Evaristo Aguirre