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Martin Miguel de Guemes protagonista en la 1ra. Invasión Inglesa

Gral. Martin Miguel de Guemes

A mediados de la década del 70, siniestras organizaciones operaban tejiendo una trama de inteligencias que cubrían todo el territorio nacional, ensombreciendo la razón y la justicia, a pesar de ello, algunas voces intentaban hacerse oír.

Al turco le gustaba mucho Casilda, me había encargado que le averiguara sobre algú terreno, tenía el sueño de levantar un rancho por aquí.

Una mañana vino a decirme que se iba de gira a España y me dejaba al cuidado de la chata en el taller, fue cuando me comentó, casi como al pasar – me parece gringo que me están campeando para hacerme cagar, dicen que les tiro “mala onda”.

Era un tipo frontal con todo el mundo, un cantor de protesta como se decía en esa época, muy comprometido…

Junto con otros tres amigos lo seguíamos en sus actuaciones por todos lados, incluso hasta por otras provincias. Dada la vieja amistad que teníamos, es que me extrañó cuando mi vecino Don Tarquino, me contó que el turco había permanecido oculto un tiempo parando en el boliche que estaba frente al Hospital San Carlos, donde ahora queda un gran baldío de un cuarto de manzana. Era una antigua casona con todas sus paredes de ladrillos sin revoque, el salón del negocio tenía piso de madera y era alumbrado por una luz mortecina. En las tardecitas de verano algunos parroquianos se sentaban en la vereda conformando la imagen de una postal del noveciento. Sus numerosas dependencias se habían convertido en esos tiempos en un lúgubre conventillo.

Sin embargo me llego otra versión, que dice haberlo visto en una oportunidad, en la plaza casado entablando conversación con los empleados municipales.

Estos relatos me llegaron mucho tiempo después de la desgracia terrible que le sucedió al pobre turco, y a mi me merecen credibilidad, sobre todo lo que manifestó Don Tarquino por su hombría de bien, cultor de las tradiciones, quién con un claro dejo de orgullo personal me comentó con lujo de detalle que en numerosas ocasiones lo había venido a visitar, se reunían en el quincho de sus casa por las noches, con un asadito de por medio, previa mateada después de la “caída de la oración “, momentos estos que invitaban a las charlas distendidas en las que afloraban los recuerdos de otros tiempos mejores, y de su entrañable pueblito natal Perico del Carmen, al que tanto añoraba.

Luego de “yantar” el asado como él solía decir pulsaba la viola con la que armoniosamente acompañaba su emocionada voz de tono mayor, la que parecía fluir del socavón de una salamanca milagrera y entre zamba, chacareras y algún gatito picaresco, entonados con los ojos invariablemente entornados, era el sublime instante en el que el barbado rostro de Jorge Cafrune parecía iluminarse y su alma gaucha se remontaba por los cuatro rumbos del país, cabalgando en su oscuro pingo criollo de paso peruano.

Evaristo Aguirre