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El pozo de la animas - Narrativa

Desde su niñez, Gorosito, ya manifestaba una personalidad hábida de conocimientos. Cuando por entonces asistía a la escuela rural de campo Coppari era un alumno aplicado, además, le agradaba escuchar los relatos de sucedidos que contaban los vecinos de la zona de Colonia Candelaria Norte. Sobre todo las historias que narraban hechos fantásticos, tan frecuentes en el ámbito campesino.

En su juventud comenzó a trabajar desempeñándose como peón en la estancia “Santa Casilda”, el mismo establecimiento que en lejanos tiempos fuera la posta de Mariano Grandoli, ubicada sobre el antiguo camino de tránsito pesado que iba de Córdoba al puerto de Rosario.

Vivir en un lugar de tanta trascendencia histórica, alimentó su febril imaginación rememorando los hechos que más le habían impactado, y permanecían atesorados en su memoria, y que él trataba de transmitir oralmente cuando la oración fuese propicia. Como el último malón, que soportó en 1872 la estancia, la que en esos aciagos tiempos pertenecía a Carlos Casado del Alisal.

Con los años se fue constituyendo en todo un baqueano de la zona del espinillo y la costa del Río Carcarañá. Las mentas de sus conocimientos fueron difundiéndose más allá del círculo de amigos y conocidos del boliche, tanto fue así que llegó a ser invitado por la Sra. Teresita de Rodríguez maestra de la Escuela Coppari. Cuando ella fue a verlo para coordinar una actividad creía que su sapiencia estaban basadas en la tradición oral. Por lo cual se vio sorprendida ya que Gorosito poseía una gran cantidad de libros y más aún le llamó la atención la temática que abordaban como: Filosofía, Metafísica, Esoterismo, Religión.

La verborragia del humilde peón se fue acentuando, se sentía alagado por la propuesta de la maestra para dar una charla en su querida escuelita, hacia referencias de episodios acaecidos alrededor del casco de la estancia, intercalando sus propias vivencias, la maestra lo escuchaba con atención, pero le costaba escindir los relatos históricos, con los hechos paranormales. Como aquel, cuando a altas horas de la noche leyendo a la luz del sol de noche, comenzó a oír, con toda nitidez, el ruido de la roldana al descender el balde al pozo de agua, ese mismo pozo ubicado a pocos metros de la ventana de su habitación y hacia mucho tiempo se hallaba inutilizado, en el que habían abrevado tantos bueyes y las arrias de la mulas cargueras.

Una madrugada tras escuchar el clásico ruido, superando su temor, salió al patio y en la claridad de esa noche estrellada alcanzó a ver la yegua blanca atada a la cadena sacando agua, a lo lejos en forma borrosa por el polvaderal, el convoy de carretas que se perdía por el camino real dirigiéndose rumbo a Rosario.





Evaristo Aguirre