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El Trasvasamiento Cultural en la Pampa Originaria

Ya no hay dudas que el ser humano llegó a América plenamente formado, era como nosotros Homo Sapiens, en un plano de desarrollo igual a los seres de los demás continentes, en ese tiempo las diferencias surgieron aquí como resultado de la experiencia peculiar que cada cual tuvo en su historia.

Pretendemos en este trabajo analizar el proceso que los cazadores-recolectores de nuestra región desarrollaron como parte de su existencia, tratando de interpretar a través de las hipótesis ya consagradas por la Antropología, las diversas estrategias que fueron implementando para su subsistencia y procreación consistente en el conocimiento y dominio de las condiciones particulares de existencia de las diversas poblaciones asentadas en diferentes ambientes, y en la creación de nuevos procedimientos para someter cada región a sus necesidades. Lo más significativo es el desarrollo de una serie de procesos de la toma de posesión, en cada espacio adquiriendo un progresivo conocimiento de sus recursos naturales y la consecuente adaptación.

La transferencia de experiencias se realiza mediante la comunicación social, adquiriendo este saber vigencia cuando es incorporado por los demás miembros de la comunidad y cada uno recibe de los demás lo que todos en conjunto saben.

Los bienes materiales y espirituales de una comunidad se difunden a través de los contactos que sus integrantes van concertando, siguiendo las intrincadas rutas de su peregrinar expansivo, posibilitando desde los centros radiales mediante los portadores, que conformaron posiblemente complejas redes de intercambio que facilitaron el trasvasamiento cultural, enriqueciendo el patrimonio ergológico de cada grupo que los recepcionó.

Las culturas de la llanura ocuparon una extensa región integrada por dos subregiones: pampa-patagonia y el Chaco. Una etnia que ejerció un rol importante articulando como nexo entre estas subregiones fueron los querandíes.

Los hallazgos arqueológicos no solamente hablan de eventuales asentamientos, sino que dejan entrever la presencia de remotas influencias culturales en toda la región pampeana producidas en el momento de mayor expansión, hace aproximadamente más de 3.000 años A. del P.

Nuestra zona podemos considerarla como de confluencia porque a través de las vías hídricas llegaron las influencias de las culturas de la montaña y de la selva.

 

Las rutas de las transformaciones

El ser humano se diferencia de las demás especies de animales por su capacidad de convertir la habilidad de crear instrumentos en un recurso capaz de ser transmitido socialmente de unos individuos a otros, a lo largo de generaciones. Debido a esta habilidad las técnicas empleadas en los procesos de innovaciones y uso de los instrumentos son heredables. Estos saberes se almacenan en la memoria colectiva mediante códigos sociales similares a los códigos genéticos, los que son transmitidos socialmente a cada uno de los individuos que integran el grupo social donde estos códigos están depositados.

Ya no hay duda que el ser humano llegó a América plenamente formado, era como nosotros Homo Sapiens, pero en un plano que no lo diferenciaba de los pobladores de los demás continentes, en ese tiempo, las diferencias surgieron aquí como resultado de la experiencia peculiar que cada cual tuvo en su historia.

El proceso que los cazadores-recolectores de todo el mundo desarrollaron como parte de su vida consistía en el conocimiento y dominio de las condiciones particulares de existencia de las diversas poblaciones asentadas en diferentes ambientes y en la creación de nuevos procedimientos para someter cada región a sus necesidades de subsistencia –(Luis Guillermo Lumbreras)-.

Lo más significativo es el desarrollo de una serie de procesos de la toma de posesión en cada espacio, ya sea en las sierras o el llano, se registra un progresivo conocimiento de sus recursos naturales y la consecuente adaptación, su estrategia consistió en obtener información con el objeto de adaptar los recursos y condiciones del medio a sus necesidades. Para ello trastoca el régimen natural de las cosas y con ello crea medios artificiales por él diseñados utilizando el conocimiento que obtenía a través de la transferencia de la información acumulada socialmente.

El hombre utilizaba la piedra, el hueso, las pieles, la madera y todo aquello cuanto fuera posible ampliar sus capacidades biológicas y convertirse en un cazador. Examina, compara y transfiere experiencias mediante la comunicación social, adquiriendo este saber vigencia cuando es incorporado por los demás miembros de la comunidad y cada uno recibe de los demás lo que todos en conjunto saben. Esta conducta social denominada cultura representa la manera de adaptación del hombre al ecosistema.

La innovación impuesta en determinado momento para dominar un aspecto del medio puede resultar insuficiente en el futuro, entonces se desecha o se crea algo nuevo que lo reemplace. Los cambios generalmente van transformando el comportamiento de las poblaciones, pero sus consecuencias concretas son las repercusiones en el medio.

Los bienes materiales de una comunidad se difunden a través de los contactos que sus integrantes van concertando, siguiendo las intrincadas rutas de su peregrinar expansivo ya que las migraciones constituyen una parte de la existencia humana de los cazadores-recolectores posibilitando desde los centros radiales a través de los portadores culturales el trasvasamiento que va enriqueciendo el patrimonio ergológico de cada grupo que los recepciona.

Estrategias de subsistencia

El hombre, eterno peregrino por naturaleza y por supervivencia, buscó nuevos horizontes, llevó su cultura y se enriqueció con el patrimonio que fue incorporando de acuerdo a las nuevas exigencias que le imponían las circunstancias.

La historia del hombre en América es muy breve comparada con la de África, Asia o Europa, pero muy compleja debido en parte a ese corto lapso y a las innumerables alternativas que ofrecía al hombre un continente extensísimo. Todas las evidencias halladas indican que los primeros grupos humanos llegaron a América desde Asia cruzando el estrecho de Berhing cuando esta región se había transformado en un puente terrestre debido al descenso del nivel del mar, en el final de la época geológica llamada Pleistoceno. Esta época se caracterizó por importantes cambios climáticos, entre los que se incluyen las glaciaciones. En América del Sur las masas de hielo llegaron a afectar a la región pampeana.

Los primeros grupos humanos que comenzaron a desplazarse por esta región desde hace aproximadamente 11.000 años estuvieron condicionados por las sucesivas modificaciones ambientales y a las características naturales propias de cada zona por la que incursionaron, ya que su supervivencia dependía de la correcta utilización del mismo, obligándolos a una correcta elección del lugar físico donde instalar el campamento, hasta la determinación del tipo y cantidad de animales que podían cazar para el consumo (Gustavo Politis).

Al tener que abandonar los seguros refugios en cuevas y aleros que les brindaban los sistemas serranos de Tandilia y Ventania con sus arroyos y manantiales que les proveían de agua, e internarse en la llanura donde tenían que montar sus toldos o paravientos indefectiblemente lo hicieron en las proximidades de alguna laguna, y sistemáticamente organizar las cacerías en forma “de margarita”, el que consistía en realizar batidas cuyos recorridos seguían la forma de un pétalo de la flor de la margarita, de esta forma se permitía la restitución de la fauna, todo estaba establecido dentro de las normas por las que se regían.

Esta necesaria expansión a zonas carentes de refugios naturales o de materia prima para elaborar sus artefactos líticos, pero que a su vez les ofrecía la posibilidad de obtener abundante caza hizo que tuvieran que recurrir a otras formas de acceder a este material, una de ellas fue distribuir en el paisaje, en lugares visitados con frecuencia, pequeños bloques o lascas grandes a medio trabajar, la otra, construir escondrijos, generalmente pozos cubiertos, donde se depositaba una reserva de piedras.

Esos cazadores desarrollaron estrategias complejas de asentamientos en circuitos más amplios de movilidad. Aunque las cuevas de las sierras eran visitadas periódicamente con ocupaciones breves, en cambio algunos sitios ubicados junto a las lagunas presentan restos de ocupaciones más frecuentes.

La ocupación más intensa de los ambientes secos pampeanos se produjo más tarde en la última parte del Holoceno medio, esto es a partir del 5.000 A.P. Recientes investigaciones realizadas en la laguna el “Doce”, cercana a la localidad de San Eduardo, del Departamento Gral. López, provincia de Santa Fe, por el equipo dirigido por el antropólogo David Ávila hallaron restos de diecinueve individuos que fueron datados en 8.300 años A.P., se consideran que pertenecieron a un grupo procedente de la zona de Córdoba.

En el límite de las jurisdicciones de la ciudad de Casilda y Carcarañá se encontró en los años 1.942 un escondrijo de material lítico que Alberto Rex Gonzáles y Ana María Lorandi denominaron “Industria Carcarañense” a los que estudios posteriores dataron en 3.500 años A.P. Evidenciando esto de que ya en esta época hubieran existido redes sociales que permitían el acceso a las materias primas ya sea en forma directa o mediante sistemas de intercambio entre las bandas. Sea cual fuere el caso, estas redes podrían haber permitido la circulación por los territorios de las bandas cercanas a los afloramientos de materia prima o habrían generado circuitos de intercambio de roca que involucraban a los grupos más lejanos de las canteras.

Estas vinculaciones paulatinamente fueron produciendo las sucesivas transformaciones a través del tiempo hasta que los cazadores pampeanos llegaron a alcanzar su mesolitización.

 

Aires nuevos: Mesolitización

En el Holoceno tardío unos dos milenios antes de la llegada de los españoles al Río de la Plata, los cazadores-recolectores dejaron abundantes registros, seguramente como consecuencia de una ocupación más intensa del territorio, esta expansión abarca casi todos los ambientes de la región, desde las zonas que bordean el delta del Paraná hasta la desembocadura del Río Negro. En este tiempo, los cazadores pampeanos diversificaron su forma de vida, al entablar seguramente nuevos contactos culturales con grupos de las regiones mediterráneas o del litoral, para estos momentos ya se pueden reconocer diferentes etnias coexistiendo en la región.

Los cazadores que frecuentaban las orillas del Río de la Plata habían desarrollado un estilo de vida diferente del resto de los cazadores de “tierra adentro”. Utilizaron instrumentos de hueso y madera, aunque no han perdurado, y los artefactos líticos eran pequeños y cuidadosamente conservados.

La alfarería llegó a esta área en algún momento del Holoceno tardío, y probablemente no fue una invención local, en ella se puede ver la influencia de la cerámica pintada de Córdoba, excepto que en la cerámica pampeana presenta los mismos caracteres pero es incisa.

Esto significó un avance importante en la tecnología prehispana pampeana ya que se disponía de recipientes para conservar líquidos que podían ser sometidos al fuego y además era posible una nueva manera de cocinar los alimentos hervidos. La incorporación de la técnica de fabricar, decorar y usar recipientes de alfarería fue una de las grandes innovaciones tecnológicas en la vida de los indígenas pampeanos. La abundancia del material arqueológico recolectado sugiere lapsos de ocupación probablemente un poco más prolongados que en otras áreas pampeanas. Esto puede haber sido favorecido por la explotación de recursos variados que permitían “mariscar”, como en el caso de los peces y los moluscos de agua dulce que tenían una alta concentración en ambientes ribereños. Algunos de estos sitios probablemente correspondan a los antecesores de los querandíes del siglo XVI.

En la pampa seca la situación fue un poco diferente durante el Holoceno tardío, a partir de hace 2.000 años atrás se observan características que señalan una adaptación distinta. En principio, el guanaco sigue siendo la presa más importante y, como en el oriente pampeano, la explotación de este mamífero incluye los huesos que son usados para confeccionar instrumentos. Además se utilizaron morteros y manos, algunos de los cuales fueron empleados para moler ocre rojo. Otros seguramente fueron utilizados para procesar los productos vegetales como las semillas de algarrobo y chañar. La presencia de estos morteros nos permite denotar los contactos que tuvieron con los grupos recolectores de semillas. Estos intercambios no se sabe si fueron directos o a través de grupos intermediarios de los grupos portadores de las culturas del desierto. Para el territorio argentino no hay todavía ningún yacimiento específico que poder asignar con seguridad el tipo de las culturas del desierto, pero es indudable que tiene que haberlos en la región del noroeste y hasta la zona central del país, pero todavía no han sido descubiertos o no han sido bien descriptos para comprender sus características culturales básicas. También gran parte de estos pueblos debieron asimilar en épocas tempranas la alfarería, proveniente de pueblos más desarrollados e invasores y de esta manera queda oculto su verdadero origen cultural.

Los pueblos cazadores del Paleolítico superior salvo los capsienses en su época desarrolladla, no conocen el arco y la flecha, en cambio la mayor parte de ellos usan lanzas arrojadizas o jabalinas arrojadas con ayuda de la estólica, propulsor o atlatl, que consiste en una especie de palanca que extiende el largo del brazo, multiplicando la fuerza, pero de esto no hay ningún registro en la región (aunque sí en regiones vecinas).

Alrededor de unos dos mil años antes de la Conquista, cambia la forma de las puntas de proyectil, se hacen mucho más pequeñas, con forma de triángulo equilátero y algunas tienen la base escotada. Estas nuevas puntas estarían indicando una revolucionaria adquisición, el arco y la flecha. Lo evidente es que no existen puntas de flechas en los yacimientos arqueológicos americanos antes de la aparición de las culturas del desierto.

Los arcos más primitivos eran de tamaños muy grandes y más que flechas, arrojaban verdaderas jabalinas; pero parece que relativamente pronto se fueron haciendo de un tamaño más manuable.

Su adopción por los pueblos cazadores significó su mesolitización, aunque no tomasen conjuntamente ningún otro elemento de la cultura mesolítica, y es dentro de este encuadre conceptual que se considera a los antiguos cazadores del territorio argentino que conocieron el arco y la flecha. Lo mismo si tomaron la recolección de frutos silvestres y su molienda en morteros.

Una de las armas típicas de los indígenas de las pampas ha sido la piedra de boleadora, utilizada para la caza y defensa, con anterioridad a la conquista. Luego utilizada por los indígenas ecuestres de las pampas y luego por los criollos. Sin embargo no está claro desde cuándo se comienzan a utilizar en las llanuras.

La difusión y proliferación de las boleadoras comienza probablemente 2.500 años antes de la Conquista.

Los primeros indicios del uso de alfarería en el oeste pampeano, datan de 1.200 años atrás y la forma de decoración tiene algunos diseños comunes con los de la pampa húmeda, pero también muestran diferencias.

En general la decoración presenta motivos geométricos y la técnica es la incisión lineal y el surco rítmico, y son raras para la región pampeana.

Para estos tiempos tardíos del Holoceno, las evidencias sugieren que los cazadores del oeste pampeano también formaban parte de redes de intercambio muy amplias y complejas que no solo involucraban a grupos vecinos, sino también a grupos de otras regiones. Esto implica que algunos objetos, importantes y con alto valor simbólico, pasaban a través de grupos intermediarios hasta llegar al oeste pampeano. Un ejemplo de ello es la presencia en Tapera Moreira de unos fragmentos de alfarería chilena que se conoce con el nombre de Valdivia pintada, la que muestra diferencias significativas en cuanto a manufactura y decoración con la cerámica pampeana. La datación obtenida en el sitio para los niveles con esta cerámica es de 740 A.P. coincidente con el rango cronológico de la cerámica chilena.

Otro elemento significativo es un raspador de obsidiana, un material lítico que aflora en la cordillera a varios cientos de kilómetros de Tapera Moreira, otros artefactos como las plaquetas grabadas y una punta de proyectil pedunculada similar a las del norte de Patagonia apoyan también la idea de la circulación de bienes dentro de sistemas regionales amplios.

 

Industria carcarañense

Un hallazgo al que en su momento se le atribuyó una edad más o menos remota, fue el realizado en el paraje conocido como el Espinillo del Carcarañá en el campo Burqui: consistía en un conjunto (que en la actualidad se encuentra parcialmente conservado en el Museo Caracara-añá de la ciudad de Carcarañá) analizado por Rex Gonzáles y Ana María Lorandi. La colección lítica comprende una serie de piezas talladas por percusión sobre cuarcitas y calcedonia a la que denominaron “industria carcarañense”. Otro autor, Dick Ibarra Grasso la rebautizó como claromequense por la similitud con los escondrijos hallados en la zona de Claromecó en la provincia de Buenos Aires.

El conjunto elaborado en cuarcitas metamórficas de color blanco, procede de la región serrana de la provincia de Buenos Aires. Las mayores y más interesantes son muy similares a las hachas de mano de la prehistoria europea.

Este grupo es interpretado como “cache” (reservorio) constituido por 29 artefactos de los cuales 16 están trabajados en cuarcita: raederas, raspadores y cuchillos, artefactos de formalización sumaria y núcleos.

En calcedonia son 11 raederas, raspadores y cuchillos, artefactos de formalización sumaria y desechos de talla y en arenisca ferruginosa solo 2 en forma globular sin evidencia de talla y con un leve pulido. El total de elementos enterrados, agrupado en forma de torre, (estaban espolvoreados con un material color rojizo) con todo el aspecto de un escondite, y fueron descubiertos en forma casual por la acción del trabajo agropecuario.

Durante muchos años se los consideró un jalón correspondiente a recolectores y cazadores sin puntas de proyectil de piedra, que habrían ingresado al continente en épocas anteriores a la última glaciación. En la actualidad, casi todos estos yacimientos han caído en el descrédito y son considerados como canteras, donde las poblaciones de cazadores con puntas de proyectil lítico se proveían de materia prima para la elaboración de sus instrumentos.

Para un segundo grupo de artefactos que se ha recolectado en la zona especialmente ribereñas del río Carcarañá nos remitiremos a la colección del Museo de Antropología e Historia Natural Los Desmochados de la ciudad de Casilda. Esta presenta un grupo de instrumentos arqueológicos diferentes desde el punto de vista de los grupos tipológicos, destacándose así mismo diferenciación en los artefactos y en la materia prima empleada en su elaboración, lo que conlleva a considerar aún más la amplia gama de rocas representadas.

Entre los instrumentos se destacan bolas de boleadoras con o sin surcos, morteros y manos, molinos, hachas de mano y de enmangar, pequeños morteritos para rituales. La producción de estos elementos se ha realizado por técnicas de picado, abrasión y pulido sobre piedra de granito proveniente de la provincia de Córdoba.

Completan esta colección raspadores, raederas, artefactos de formalización sumaria y escasos números de lascas y desechos de tamaños grandes, medianos y chicos. Las materias primas que predominan son calcedonia, cuarcita y cuarzo.

Las influencias culturales en la llanura

Las culturas de la llanura ocuparon una extensa región integrada por dos subregiones: pampa-patagonia y el Chaco, pobladas por comunidades nómadas de cazadores-recolectores y pescadores que regían su existencia por patrones culturales comunes. A la llegada de los españoles las dos culturas más importantes desde el punto de vista demográfico: los Tehuelches de la subregión pampa-patagonia y los guaikurúes del Chaco, presentan una forma de vida semejante. Luego con la incorporación del complejo ecuestre tuvieron un desarrollo cultural que siguió casi idénticas etapas.

A partir del siglo XVI los continuos desplazamientos de los grupos originarios autóctonos de la llanura y por la llegada de comunidades provenientes de otras regiones de Sudamérica que revitalizaron y en algunos casos modificarían el panorama cultural. En el área chaqueña son los chiriguanos y chané, y en la pampa-patagonia, los araucanos. Este proceso dinamizó las vinculaciones integrando a las distintas regiones del continente.

Los chiriguanos y chané fueron los que transfirieron a las comunidades originarias la agricultura, práctica desconocida en la región.

La llanura también recibió la influencia de las zonas internas o mediterráneas, las culturas del Chaco están íntimamente relacionadas con el litoral mesopotámico y con la región andina a través de la cultura lule-vilela.

 

Los querandíes: receptores y transmisores

En la subregión pampa-patagonia los querandíes, que por sus características Carlos Martínez Sarasola define como “componente transicional” entre las culturas de la llanura, si bien se la ubica en el contexto perteneciente de los Tehuelches septentrionales, y específicamente para algunos autores, Dick Ibarra Grasso, como una parcialidad correspondiente a pampas-puelches. Constituyeron con su evolución cultural una etnia que fue amalgamando la interrelación entre las distintas comunidades con las cuales tuvieron contacto.

Los querandíes eran desde el punto de vista cultural el sector más septentrional de la cultura tehuelche.

Sin embargo existieron algunos grupos que poseían características étnicas propias, fueron los subgrupos que tuvieron contactos directos con las comunidades guaraníes y guaikurúes.

Esas diferencias notorias con los grupos que se desplazaban en el interior de la región pampeana fueron: la práctica de la pesca y la conservación de la harina de pescado. La utilización de los cráneos de los enemigos para beber en ellos, al igual que lo hacían los guaikurúes. El sacrificio de los cautivos cuando moría uno de sus jefes, práctica común en la comunidad mbayá.

Estos datos son indicativos de la vinculación directa de los querandíes con las comunidades chaqueñas. Por su área de dispersión, los hace aparecer como una etnia intermediaria o nexo entre los Tehuelches y los guaikurúes.

 

Etno historia

Cuando la expedición de Gaboto llegó a la desembocadura del Carcarañá en 1.527 vieron además de los chaná-timbú y guaraníes de las islas, a los querandíes, y además a indígenas provenientes de regiones mediterráneas que llegaban con sus llamas cargadas para realizar el intercambio comercial siguiendo el curso del río Carcarañá.

Muy pronto, en el siglo XVI, el gentilicio querandí desaparece y es reemplazado por la ambigua denominación “pampa”.

El caballo se reproduce en forma extraordinaria y es adoptado como transporte para carga, como comida, se bebe su sangre y se incorpora al ritual. Se adoptaron lanzas largas de más de cuatro metros de largo en sustitución del arco y la flecha, adecuándose las tácticas de guerra. El indígena se convirtió así en cazador de caballos y luego de vacas que comercializaban con los araucanos.

Cuando la conquista hispana irrumpe en el escenario pampeano, la vida de los indígenas de la llanura sufre profundos cambios. Algunos grupos son reducidos y viven llevando una existencia sedentaria, muy diferente a la que tenían anteriormente.

Los querandíes desaparecen hacia la segunda mitad del siglo XVII, en manos de encomenderos encargados de su cristianización y dedicados a su explotación. Para esta época algunos grupos pampas viven reducidos en las cercanías de Buenos Aires y se los conoce como los “pampas matanceros y magdalenistas”, los que fueron lentamente exterminados o absorbidos por la expansión de la población rural.

 

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Evaristo Aguirre