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Un Viaje Sin retorno


Video de Shaman Wichi
 

Cuando Takjuaj, genio mayor de los matacos, que tan pronto brinda el bien como el mal, persigue a los indios del Chaco Gualamba, las tribus tratan de ponerse fuera del radio de su influencia, huyendo de noche en forma subrepticia. Esto ocurre cuando falta el agua, la presencia de alguna epidemia que hace estragos o fracasa la cosecha de algarroba u otro tipo de desgracia. Esto indica que Takjuaj se ha “emalado” y hay que ponerse a salvo de su maleficio.

En esta ocasión, una seria preocupación afligía a la tribu asentada en la zona de Bazán. Ello obedecía a algunos indicios que se manifestaban en la conducta de los jóvenes (con actitudes díscolas y rebeldes a las antiguas tradiciones) quienes deseaban emigrar a las grandes ciudades.

Esta situación hacía presagiar a la ya alucinada imaginación del anciano Shamán, que se avecinaban días difíciles, en que el pueblo sería sometido por una nefasta acción, con el consecuente advenimiento de épocas de decadencia.

Por esta razón, para conjurar esa maléfica presión espiritual, reunió a un grupo de seis guerreros, que de armados de arcos y flechas comenzaron a girar a su alrededor sigilosamente, mientras el shamán, en el centro del círculo tanía la caja con una mano, a la vez que con la otra manejaba un bastón milagroso que había pertenecido a un antepasado muy venerado aún por sus virtudes.

Al mismo tiempo, cantó una letanía leve y dulce para atraer a los espíritus que merodeaban por el lugar. Estos, cautivados por la canción, se ubicaron en torno al shamán, que es el único que tiene la capacidad de verlos. Con el ritmo de la caja fue comunicado a sus guerreros los pormenores del rito y éstos tan pronto alistaron sus armas.

Cuando el shamán creyó que todos los espíritus dañinos habían tomado sitio en la ronda, les anunció el momento preciso con un repiqueteo rítmico de la caja, al instante los guerreros descargaron sus flechas en el círculo dándoles muerte sin compasión. Luego ulularon alegremente girando con los arcos en alto.

Más tarde con la anuencia del cacique, decidió convocar a todos los shamanes o hechiceros de las tribus formoseñas diseminadas en la zona del Pintado, Las vertientes y Santa María, para que todos juntos, visibles e invisibles, solicitaran las gracias a los espíritus celestes quienes les transmitirían las indicaciones para contrarrestar estos males.

Para ello, los espíritus de todos los shamanes, presentes y ausentes, vuelan al cielo donde visitan a los espíritus grandes, encargados de repartir los dones de la cosecha, la caza, la pesca, del sol, de la lluvia, etc.

Puestos todos en conocimiento de la situación, se dio comienzo después de deliberar sobre las gracias que se pedirían, se convocó a los hechiceros fallecidos con sus “Lelangac” o sonajeros de calabaza, luego se fueron ubicando alrededor de una fogata, sentados en actitud solemne. Cada uno se fue predisponiendo en forma ritual, preparando los elementos alucinógenos en pipa que contenían nicotina, pequeñas calabazas para inhalar yerba mate, otros comenzaron a mascar semillas de cebil.

Cuando ya los párpados se fueron entornando, permanecieron un breve lapso de ensoñación y luego recién comenzaron su turno a transmitir su mensaje, impregnados de funestos augurios, embargando a todos los presentes en una gran preocupación.

Cerró la práctica el anciano shamán, concitando la mayor expectativa, quién con tono grave y voz entrecortada, dijo:

“Hermanos, el Gran Espíritu ha dispuesto que en mi viaje no me encuentre con nuestros antepasados, sino que me traslade a un pueblo de esta tierra, pero de lejanas latitudes, que vive en medio de una selva de cemento. Lo primero que observé fue que en el rostro de sus habitantes no había signo alguno de felicidad. Caminan con la vista distante, sin mirarse entre sí, pero sí se reúnen a fumar, beber o inhalar algunas sustancias para nosotros desconocidas. Lo que mucho me extrañó es que todo esto también lo realizan los jóvenes y hasta algunos niños”.

Dicho esto, permaneció en silencio, a la vez que su cuerpo fue adoptando una posición rígida, mientras que su rostro iluminado en forma intermitente por las rojas llamas de la fogata, perecía petrificado, ya que su alma había emprendido un viaje, ahora sí, al cielo sin retorno, para reunirse definitivamente con sus ancestros.

 

Evaristo Aguirre