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El Mito de las piedras caídas del cielo

Resumen

El Talismán o Amuleto, al parecer, fue el primer adorno en cuanto el hombre concibió la idea de un Dios protector o una deidad maléfica, pensó en procurarse cualquier artificio mágico que le librase del sufrimiento y le congraciase con las deidades protectoras, como el relámpago fue para ese ser primitivo, la primera terrible manifestación del poder divino, en el ruido del trueno y estrago del rayo le pareció oír y sentir los efectos de una pedrada del encolerizado Dios, instintivamente buscó en la tierra la piedra de la centella, hallando guijarros puntiagudos que se le antojaron serlo e imaginó que con su posesión participaba de las potencias espirituales, asoció esta idea a la de poder defenderse de su semejante que le disputaba la caza y la recolección acometiéndole con la prodigiosa piedra, la cual a la vez le servía como herramienta para descuartizar la res cazada y para hacer leña.

A un mismo tiempo surgieron el hacha y el amuleto, conjunción tan estrecha que los jeroglíficos egipcios expresan con un mismo signo las palabras Dios y hacha. Los bárbaros llevaban al cuello, cuando la invasión de Roma, pequeñas hachitas de piedra que denominaban piedras de la victoria. Así es como aquel símbolo de la deidad de la Edad de Piedra, se incorporó al tocado del neolítico al modo que, mas tarde, el cristianismo luciría las abrillantadas crucecitas, símbolo del Dios del Calvario.

Las diferentes culturas confirman la continuidad y la vigencia de la concepción mítica de las piedras caídas del cielo.

El campesino francés llama Pierres de Foudre a las hachitas neolíticas que el inglés denomina Thundersbolt, voces suecas, húngaras, finlandesas, responden a igual concepto de las tales puntas que en Java titulan diente de rayo y coriscos en Portugal, que tienen el mismo significado. En tanto los labriegos hispanos sostienen que las hachas de piedra arrancadas por el arado, no son sino chispas que se entierran al caer, unos seis palmos, y cada año que pasa suben hacia la superficie.

Tan extendido es este pensamiento, que en el norte de Europa, Escocia e Irlanda por ejemplo, se hallan las puntiformes hachitas guarnecidas de oro y plata a manera de relicario.

La Cultura del Desierto en América

Trasladando el tema al Nuevo Mundo, en épocas precolombinas, tenemos la presencia de un conjunto de artefactos de material lítico perteneciente a la denominada Cultura del Desierto, compuesto de morteros, y sus correspondientes manos, hachas de cintura, conanas, moletas, piedras de boleadoras, etc. Si bien es cierto en el actual territorio argentino, no se han detectado aún sus yacimientos, pero si se registra en México su foco radial, difundiéndose luego por América del Sur hasta la zona Pampeana.

Artefactos Líticos pertenecientes a cazadores - recolectores de la Región Pampeana

 

El Pensamiento mítico hoy

En el ámbito rural de nuestra zona, el mito de “Las piedras caídas del cielo”, llega con la inmigración europea. Los primeros colonos trasvasaron esta concepción mítica al nuevo mundo y a través de la tradición oral, mantiene aún su vigencia en sus descendientes, ella consiste en la creencia de que las piedras que se descubren en el laboreo de la tierra son originarias del cielo, como si fueran meteoritos.

Esto lo hemos podido corroborar directamente, en el momento de solicitar o recibir la donación algún artefacto lítico para el Museo. Hubo casos en que fueron reticentes a desprenderse de esas piezas, porque el abuelo las había descubierto con el arado y decía que habían “caído del cielo”, por sus palabras se dejaba entrever que además se le otorgaba un valor meramente sentimental por el vínculo familiar.

Generalmente se trataban de manos de morteros o piedras de boleadoras. Estas manos tienen un diámetro de 6 a 8 cm. Aproximadamente y un largo que varía de 30 a 75 cm., algunas de ellas presentan un extremo redondeado y el otro afiliado a modo de hacha.

En una oportunidad nos manifestaron (un hecho que reforzaba esta hipótesis), que un vacuno murió alcanzado por un rayo, al tiempo cuando fue hallado vieron que dentro del cráneo había una piedra similar a las de boleadoras.

Evaristo Aguirre